viernes, 25 de enero de 2013

Recordando a Tatic Samuel Ruiz García


Con misa y marcha recuerdan, este 25 de enero de 2013, en el estado mexicano de Chiapas el segundo aniversario del fallecimiento de Samuel Ruíz García, obispo emérito de San Cristóbal de las Casas, Chiapas. Comparto estos textos para recordar a un hombre sin parangón.



Juan Balboa
San Cristóbal de Las Casas , Chiapas.- Nuca se imaginó el obispo Samuel Ruiz García que su travesía por Jerusalén, en los años cincuenta, lo volvería a realizar en el año dos mil para despedirse en Tierra Santa como obispo titular de la diócesis de San Cristóbal de Las Casas, una de las más importantes en América Latina.
Tampoco el sacerdote Patricio Arroyo, uno de los religiosos más cercanos a la familia Ruiz García, en León, Guanajuato, pensó que con sus gestiones, primero, para conseguirle una beca en el Seminario de León, y después, en una escuela de Roma, estaba gestando a uno de los obispos más polémicos de México en el presente siglo y sembrador de la semillas de la Teología de la Liberación en Latinoamérica.
A Samuel Ruiz García la suerte lo acompaña desde siempre: su madre embarazada no quiso que su hijo Samuel naciera en la ciudad estadounidense de Colton, California, lugar en donde junto con su esposo Maclovio trabajaban como indocumentados en el corte de la fruta.
“No quiero que mi hijo nazca en estas tierras de sufrimiento”, recordaba, en 1999, María de la Luz Ruiz García, hermana del obispo Samuel Ruiz García, quien murió el 24 de enero de 2011 en la Ciudad de México.
Maclovio Ruiz Mejía, según la hermana de don Samuel –también fallecida y sus cenizas colocadas el miércoles pasado al lado del féretro del obispo emérito de San Cristóbal de las Casas- , había vivido de carne propia el sufrimiento de los mexicanos indocumentados en Estados Unidos, razón por lo cual rechazaba a los vecinos del norte.
En los años treinta, estuvo en primera fila en las luchas campesinas sinarquista de Irapuato. María de la Luz,  la hermana que siempre estuvo al lado del obispo Samuel, evoca a su padre como un hombre que rechazaba a los norteamericanos y por eso estaba al lado de los campesinos.
“Era muy justo, él diseño y construyó tabique por tabique la casa en donde vivíamos. A Samuel lo respecto siempre.
“Cuando era joven todos los de su edad lo respetaron y le daban el paso en la banqueta. Para mi padre y Samuel primero estaba Dios antes que otra cosa.
“Mis padres eran como consejeros del barrio. Mi madre (Guadalupe García Esteban) preparaba a los niños para la primera comunión; casaba a los que no lo estaban; a los casados con problemas en su matrimonio los reconciliaba; aconsejaba a los alcohólicos y atendía a los enfermos que no tenían para curar sus enfermedades.
“Todos los problemas del barrio repercutían en la casa”, rememoraba en una entrevista con el reportero realizada en la casa diocesana de San Cristóbal de las Casas en el año 1999, a unos meses de que Samuel Ruiz García dejara de ser el obispo titular de la diócesis de San Cristóbal que presidió durante 40 años.
María de la Luz aseguraba que sus padres se fueron a vivir a San Cristóbal de las Casas, en donde también se encuentran enterrados, con el hijo obispo.
Resalta en la entrevista el “gran respeto” de sus progenitores al hijo y al obispo, y no se le borra de la mente cuando su padre Maclovio decía: “Aún con ese respeto, sé que las nalgas no las tiene consagradas, y si que puedo reprenderlo”.
En la entrevista, la hermana María de la Luz no podría dejar de comparar las bondades de su padre Maclovio con los de su hermano Samuel: “Nunca reclama Samuel, si la comida está mal nada hace”.
Después de cada comida, recordaba, agradece a los indígenas en cada dialecto. Si hay, agregaba, en una mesa extranjeros e indígenas traducía para todos (del tzotzil al inglés; del alemán al tseltal), y remata: “Samuel es como mi padre, justo y bondadoso”.
La relación entre el obispo Samuel Ruiz y su hermana Lucha, como se le conocía en la intimidad de su familia, era fuerte, eterna, grande.
Cuando el obispo Samuel Ruiz García recordaba públicamente la agresión en contra de su hermana, en 1998, siempre expresó una sensación de rabia por el atentado en contra de la vida de la persona con la que compartía y era ajena a los problemas políticos.
En una entrevista realizada en momentos del Diálogo de San Andrés, monseñor Ruiz García se refería con dolor a las agresiones a la diócesis de San Cristóbal y, desde luego, al atentado que sufrió su hermana Lucha, el cual, aseguraba, fue planeado y se pagó por ejecutarlo.
En varias ocasiones el obispo de San Cristóbal de las Casas fue agredido e intentaron asesinarlo. El 5 de noviembre de 1997 (un mes y medio antes de la masacre de Acteal) fue emboscado, junto al obispo coadjutor Raúl Vera, en el municipio de Tila, al norte del estado, por el grupos paramilitares de Paz y Justicia.
La agresión se realizó con armas de fuego y ocurrió a las 18:40 horas, cuando acompañados de 60 personas regresaban de Guadalupe Jonapá, en el momento que transitaban por la comunidad El Crucero, controlado por Paz y Justicia.
En el interior se encontraban el párroco de Tila, Heriberto Cruz Vera (quien fue el animador el miércoles pasado de la misa masiva frente a Catedral por las honras fúnebres del prelado), dos religiosas, varios catequistas de la parroquia y el médico del dispensario.
“Nos recibieron con ráfagas de disparos que provenían del monte a una distancia de unos cien metros de los vehículos en que nos transportábamos'', recuerda en una entrevista el párroco de la Iglesia del Cristo Negro de Tila, Heriberto Cruz Vera.
Días después de la emboscada le pregunte al obispo:
-¿En qué momento sintió usted miedo o temor a una agresión física, existe un sector en especial en quererlo eliminarlo o causarle daño?
-No entiendo la razón de ser de la pregunta ¿Si Cristo como hombre tuvo miedo en Gethzemani, ante su próxima pasión, le resta algo a ella?
“Si hay amenazas, si agredieron de muerte a mi hermana en mi propio domicilio (don dinero ofrecido de por medio y una libertad de rápida para el agresor); si con apoyo de ciertos niveles de autoridad se amenazó con quemar la Catedral y fue agredida la casa episcopal, habiendo sido documentado el caso con numerosas fotografías de quienes lo hicieron. ¿Cabe la pregunta de si hay un sector especial que quiera causar daño?
“Si los agentes de pastoral expulsados con lujo de violencia sigue siendo un hecho vergonzoso, y si permanecen inexplicablemente cerrados varios templos de la diócesis. ¿Cabe aún la pregunta?”
El obispo de San Cristóbal de Las Casas rechazaba que la situación que se dio en 1993 cuando se pidió su traslado, haya tenido causas intraeclesiásticas, pues aseguraba que desde esferas oficiales (el gobierno del presidente Carlos Salinas de Gortari) pidió su remoción de la diócesis de San Cristóbal de Las Casas.






  Pastoral bajo la violencia


La diócesis de San Cristóbal de Las Casas que presidió durante 40 años obispo Samuel Ruiz fue el centro de una violencia sistemática soterrada durante cinco años (de 1995 al 2000), lo que provocó el cierre, destrucción o profanación de templos.
Las iglesias católicas ubicados en los municipios de Tila y Sabanilla, en la región de la zona norte del estado, fueron las más afectados por la violencia que en contra la Iglesia desato el gobierno del estado y federal a través del grupo paramilitar priista “Paz y Justicia”.
En Tila, la organización del Partido Revolucionario Institucional (PRI) profano los templos de las comunidades de Corosil, reconstruido después por la propia comunidad; Huanal, también reconstruida por los pobladores; Jolniextié, y Libertad Jolniextié. Seis más fueron cerrados aún con la oposición de los católicos: Miguel Alemán, El Limar, Panwits, Crucero, Masoj Grande y Pastatal.
El atrio de la iglesia de El Limar, poblado considerado el principal centro de operaciones de Paz y Justicia en el municipio de Tila, fue ocupado durante meses por el Ejército mexicano y la Policía de Seguridad Pública del Estado.
En el municipio de Sabanilla, las comunidades choles de Bebedero, Moyos, Jesús Carranza, 20 de Noviembre, Pasija de Morelos, Xuxupa y Paraíso, también fueron cerrados a fines de los años noventa.
Los municipios de Huixtán y Chenalhó siguieron en la lista con el mayor número de parroquias afectadas por la violencia. En el primero, destaca la iglesia de la comunidad de San Fernando, que fue cerrada para todos los católicos y se prohibió asistir a la eucaristía bajo la amenaza de cárcel.
En la comunidad de Yabteclum, en el municipio de Chenalhó, fue cercado con alambre la casa de los catequistas. Pero aún más grave es la prohibición de las autoridades y agentes municipales priistas del municipio de Chenalhó, para que el sacerdote sustituto del cura francés Michel Henri Jean Chante -expulsado en el 1998, después de 32 años de ser el sacerdote en el municipio de Chenalhó- tomará posesión.
El 4 de abril de 1998, el Consejo Municipal rechazó la llegada del sacerdote Pedro Arriaga y acordaron contratar a un párroco opositor al obispo Samuel Ruiz García, para que éste oficiara misa en las celebraciones católicas de Semana Santa.
Tumbalá, Chanal, San Andrés Larráinzar y Ocosingo, son los otros municipios en donde los templos permanecieron cerrados, destruidos o profanados.

Campaña coleta contra Tatic
En las calles de San Cristóbal de las Casas y Tuxtla Gutiérrez empezaron aparecer volantes con la imagen de Samuel Ruiz García y el siguiente pie de foto: “Comandante Samuel Ruiz”
La hoja, repartida en los últimos dos meses de 1994 y enero de 1995, estaba dividida en cuatro recuadros con seis subtítulos: Crímenes, doctrina, disfraces, compinches, recompensa y peligroso.
Acusaban al obispo de San Cristóbal de ser el encargado político de las relaciones internacionales de la organización guerrillera peruana Sendero Luminoso y del recién aparecido Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN), y promotor de la violencia “usando a los indígenas como carne de cañón” y de ser “compinche del subcomandante Marcos”.
Este fue el preludio de la primera agresión que sufrió el obispo, en febrero de 1995, de parte de los auténticos coletos, así se les conoce a los nacidos en la colonial San Cristóbal de las Casas, Chiapas.
En noviembre de 1996, en el camino al Aguascalientes zapatista de Oventic, municipio de San Andrés aparecieron pintas de un grupo paramilitar autonombrado Máscara Roja, “Somos mascará roja, si nos quieres conocer nos venos en el infierno”.
Con letras rojas las pintas se referían al obispo Ruiz García y se presentaban como un nuevo grupo que presuntamente tenía presencia en los municipios de los Altos de Chiapas. “Ya no estamos engañados, estamos para salir”, se leía en algunas de ellas.
Casi un año después, 45 católicos –niños, mujeres, ancianos y hombres que rezaban en el momento de la agresión- miembros de la organización civil Las Abejas fueron masacrados en la comunidad de Acteal, municipio de Chenalhó.
Pero las campañas en contra de la diócesis continuaron, principalmente en la zona norte de Chiapas.
A fines de octubre de 1997, exactamente una semana antes de la llegada a la región de monseñor Ruiz García, el grupo paramilitar priista “Paz y Justicia” realizó una campaña en más de 50 comunidades para evitar el recorrido pastoral de los obispos Samuel Ruiz García y Raúl Vera.
En un volante sin firma titulado “Doctrina diabólica” en el que aparecían la caricatura de un periódico local, Samuel Ruiz se encuentra apuntando con un rifle en forma de cruz y se lee: “Armaos los unos a los otros”.
El panfleto llama a los “compañeros” indígenas a no dejarse influenciarse por el veneno del “seños Samuel Ruiz”.
 El volante decía textualmente en sus primeros párrafos:
“…La biblia enseña que sólo hay un Dios, puede ser el único mediador entre los pobres”, en ningún momento dice que Samuel Ruiz García –“este mismo personaje esta llenos de avaricia, de orgullo, pecador y placeres”-, ya que por su culpa estamos “en un caos político y religioso”…

Expulsión de sacerdotes
El Instituto Nacional de Migración (INM) mantuvo durante diez años (1990-2000) una campaña permanente de hostigamiento en contra de los sacerdotes extranjeros que colaboraban con el obispo Ruiz García.
Las agresiones contra la diócesis de San Cristóbal de las Casas se iniciaron durante el gobierno de Carlos Salinas de Gortari, a nivel federal, y de Patrocinio González Garrido, en el estado, pero se agudizaron tras la aparición del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) en enero de 1994.
Las religiosas de Santa Brígida, Miriam Hallzol (irlandesa) y María Teresa Mullock (australiana), fueron detenidas ilegalmente y hostigadas por el INM en 1998.
Un mes antes, Michel Henri Jean Chanteau, párroco de Chenalhó, fue detenido y expulsado del país, después de que el gobierno mexicano le negara la regularización de sus documentos migratorios.
Michel Chanteau, quien había cumplido 33 años de ser párroco en Chenalhó, engrosó a la lista de agresiones en contra del gobierno diocesano: encarcelamientos, expulsiones, amenazas de muerte y daños en templos.
El sacerdote francés formaba parte, desde 1994, de una lista negra de la Secretaría de Gobernación, la cual incluía a la mayoría de los curas extranjeros en la diócesis.
A partir del levantamiento armado del EZLN, Chanteau fue uno de los objetivos principales de la violencia que desataron, en el primer semestre de 1997, militantes del Partido Revolucionario Institucional (PRI).
Con Chanteau, sumaron ocho los sacerdotes extranjeros -muchos de ellos con más de diez años de actividad pastoral en las zonas indígenas- que fueron expulsados de México, mientras que 15 curas abandonaron el país por presiones del gobierno mexicano.
El sacerdote belga Marcelo Rostaert, párroco del municipio de Soyatitán, fue el primer religioso detenido por cuerpos policiacos. El  22 de julio de 1990 fue arrestado y acusado de ser autor intelectual de invasiones de tierras en el municipio de Venustiano Carranza, según el expediente penal 578-B/990. El primero de agosto abandonó el país obligado por las autoridades migratorias.
A su vez, Joel Padrón González, párroco de Simojovel, lo detuvieron sin orden de aprehensión el 18 de septiembre de 1991. Sufrió cárcel en el antiguo penal estatal de Cerro Hueco, acusado de los delitos de despojo, daños, robo, amenazas, también de conspiración, portación de armas prohibidas, asociación delictuosa y hasta pandillerismo, según consta en la averiguación previa 3546\991.
Su proceso estuvo plagado de irregularidades, lo cual generó movilizaciones en Chiapas y en la ciudad de México. Sus acusadores nunca demostraron jurídicamente ninguno de los cargos y fue liberado 49 días después.
El 10 de enero de 1995, el padre Miguel de Alba Cruz sufrió un intento de homicidio en la población de Chicomuselo. Asimismo, seminaristas de San Cristóbal de las Casas fueron hostigados y amenazados de muerte 20 días después.
El 10 de febrero del mismo año, Jorge Santiago Santiago, asesor de la Comisión Nacional de Intermediación (Conai), fue detenido por ser presunto enlace con el EZLN. Se le acusó de los delitos de sedición, motín, rebelión, conspiración y terrorismo. Recupera su libertad meses después, al no aportar el órgano acusador elemento alguno de prueba para demostrar que era responsable.
En esos días, el sacerdote Víctor Anguiano, párroco de La Trinitaria, fue agredido al igual que el edificio del archivo diocesano. La curia diocesana sufrió otras agresiones en febrero de 1995. Un mes después, miembros del PRI hostigaron y amenazaron a frailes y monjas dominicos de la parroquia San Jacinto de Polonia, en Ocosingo.
Otros tres sacerdotes extranjeros de la diócesis de San Cristóbal -Rodolfo Izal Elorz (español), Jorge Alberto Barón Guttein (argentino) y Loren Riebe Estrella (estadounidense)- fueron detenidos y expulsados del país, acusados de participar en invasiones de tierras y ``organizar'' a los indígenas.
En marzo de 1996, los sacerdotes jesuitas Jerónimo Alberto Hernández López y Gonzalo Rosas Morales fueron detenidos violentamente por elementos de la Policía Judicial y Seguridad Pública del estado. Los acusaron de haber participado presuntamente en una emboscada donde murieron dos policías y cinco más fueron heridos.
En el segundo semestre del mismo año, el Instituto Nacional de Migración negó el permiso migratorio FM-3 a otros dos sacerdotes extranjeros del municipio chiapaneco de Salto de Agua: Joaquín Mnich, de Alemania, y Eduardo Machado, de India. (Juan Balboa).

miércoles, 19 de septiembre de 2012

27 años sin el periodista Manuel Altamira



Hoy se cumplen veintisiete años de la muerte del periodista Manuel Altamira Peláez. Sus brillantes textos han sobrevivido por su perfección y excelente trabajo periodístico de investigación. Las toneladas de escombros que terminaron con su vida, aquel 19 de septiembre de 1985,  no enterraron su obra. Como cada año, retomo el texto que escribí en su memoria y que fue publicado en el periódico La Jornada, en donde Altamira se consagró como uno de los mejores cronistas. Cada aniversario de su muerte hago una entrega de alguna de sus históricas crónicas. Juan Balboa.





El Capote jornalero


Juan Balboa
Se definía como "reportero de policía", pero sus textos tenían el sello de un narrador nato que combinaba el trabajo acucioso del periodista con las herramientas de la literatura. Dos oficios que Manuel Altamira Peláez logró zurcir durante un año en La Jornada.
Su creatividad era incontenible, innegable. Sólo el sismo del 19 de septiembre de 1985 hizo callar su máquina de escribir y le impidió hacer la crónica del primer año de La Jornada en la calle; una orden de trabajo que la dirección del diario le había encargado de forma especial.
Festejó con los trabajadores del periódico el primer aniversario del rotativo hasta la madrugada del 19 de septiembre. Su sencillez, su trato amable y solidario le facilitaban consolidar amistades. Su profesionalismo, su necedad por lograr un estilo periodístico propio y su amplio bagaje cultural le merecieron el respeto de la comunidad dentro y fuera del diario. Altamira era uno de esos hombres que siempre está rodeado de personas.
La última vez que se le vio el reloj marcaba casi las 6 de la mañana del fatal 19 de septiembre. Se despidió de sus compañeros para dirigirse a su casa, ubicada en Bruselas 8, esquina con Liverpool. Tenía como propósito recorrer la ciudad para narrar cómo se leía La Jornada, a un año de su aparición, en las calles del Distrito Federal. Haría una crónica sobre un diario que en poco tiempo había logrado despertar el interés de los lectores.
El sismo lo sorprendió en el edificio donde vivía; el único que se derrumbó en la manzana. El terremoto activó al equipo de La Jornada en toda la capital mexicana. Todos imaginaban a Altamira reporteando en las zonas más afectadas; lo veían penetrando en edificios donde se escuchaban gritos de auxilio; suponían a Manuel viajando en ambulancias para llegar con rapidez al lugar de los hechos. Nadie pensó que era una de las víctimas, que el inmueble donde residía se había derrumbado y que él no estaba reporteando, sino bajo de decenas de toneladas de cemento.
"Manuel no aparece, estamos buscándolo y esperamos encontrarlo. Hay que tener calma", me dijo Carmen Lira, subdirectora de Información, al confirmarse que el edificio donde habitaba Altamira había sucumbido ante el movimiento telúrico del 19 de septiembre.
Todos los reporteros, sin excepción, hicieron guardia en aquel lugar con la esperanza de encontrar a Manuel. Fueron más de 60 horas de espera, de angustia, hasta que apareció su cuerpo sin vida. El dolor se reflejó en las páginas de La Jornada.
El Capote jornalero
A Manuel Altamira le decían en Monterrey, Nuevo León, La Tambora, por su carácter festivo, alegre, jovial. En La Jornada sus amigos cercanos lo llamaban Capote, por su afición al gran escritor estadunidense nacido en Nueva Or-leáns, Truman Capote. En la redacción, o fuera de ella, Altamira no se cansaba de decir que quería, como Truman Capote en su obra maestra, A sangre fría, hacer un periodismo real y más cercano a la literatura.
Manuel Altamira Peláez nació en el estado de Puebla, pero su vida profesional empezó en Monterrey como reportero policiaco en el diario Más noticias. Cubrió la fuente policiaca con una visión social y política. Fue uno de los periodistas que siguieron con detalle el desarrollo de la Liga 23 de Septiembre en esa ciudad norteña: los operativos violentos contra esa organización, los cateos de casas llamadas de seguridad, los enfrentamientos, secuestros, los amotinamientos en la cárcel de Topo Chico, y la detención y desaparición de Jesús Piedra, el hijo de la incansable luchadora social Rosario Ibarra de Piedra.
Sus trabajos periodísticos provocaban irritación entre funcionarios de los gobiernos estatal y federal. Miguel Nassar Haro, entonces titular de la Dirección Federal de Seguridad, hoy acusado de desaparición forzada de personas por la Fiscalía Especial para Movimientos Sociales y Políticos del Pasado, amenazó de muerte a Manuel Altamira.
Sus reportajes y crónicas enfurecieron al entonces gobernador de Nuevo León, Alfonso Martínez Domínguez, porque decía que todo lo que "oía y veía" lo publicaba. Hay una anécdota que el propio Manuel contaba. Tres desconocidos lo golpearon salvajemente en una cantina de Monterrey, en la época del propio Martínez Domínguez. Le rompieron una pierna.
Martínez Domínguez lo visitó en el hospital como muestra de amistad e intentando deslindarse de cualquier sospecha de ser el autor intelectual de la agresión. Frente a la cama de Altamira, en el nosocomio, el mandatario estatal prometió castigar a los culpables, "caiga quien caiga", y le ofreció ayuda.
La respuesta de Altamira fue impecable: "Lo único que quiero es caminar, señor gobernador, y eso usted no me lo puede dar".
Trabajó en los diarios El Porvenir, Tribuna de Monterrey y Diario de Monterrey, y en la revista Crónica. En la ciudad de México colaboró en el noticiero de Radio UNAM -donde ganó el premio Teponaxtle de Oro-, y como corresponsal durante la primera época unomásuno. También probó suerte en el periódico Nueva Generación, editado en Puebla, al que renunció por la injerencia de la Iglesia católica en la línea editorial.
En agosto de 1984, un mes antes de la salida de La Jornada a la calle, se incorporó al diario, donde en pocos meses logró ser reconocido como uno de los mejores periodistas del gremio. Su producción fue abundante y de gran calidad.
Los reportajes sobre los mariguaneros de Chihuahua; la entrevista con un presunto asesino del periodista Manuel Buendía; la historia criminal del narcotraficante Rafael Caro Quintero; el asesinato de militares en Puebla; la represión de campesinos en Chiapas; los fanáticos de Mexiquito; el espionaje telefónico en Monterrey; los pescadores de San Fernando, y la detención de Alfredo Ríos Galeana quedaron para los anales del periodismo mexicano.
Manuel Altamira Peláez murió a los 38 años de edad, justo cuando había aprendido a convivir entre el periodismo y la literatura. Su última entrega apareció en la contraportada de La Jornada ese 19 de septiembre: "Tepito nunca se va a acabar; el secreto: estamos benditos", rezaba el encabezad        Volvieron a su tierra los “mariguaneros”


REPORTAJE DE MANUEL ALTAMIRA SOBRE LOS MARIGUANEROS DE CHIHUAHUA


Volvieron a su tierra los “mariguaneros”

Manuel Altamira

Bajaron de ejidos, colonias y pueblos cercanos y se concentraron en la única e improvisada estación camionera para recibir, como héroes, a los campesinos que fueron obligados a cosechar y empaquetar mariguana en Chihuahua.
   Desde el mediodía, hombres, mujeres y niños fijaban la vista en la angosta carretera. Cada autobús que se aproximaba representaba la esperanza de que al fin llegaran sus seres queridos.
   Por fin, después de las 21 horas, el autobús blanco con azul se desvió de la carretera y tomó una vereda pedregosa hasta estacionarse frente al único hotel del pueblo y junto a la tienda principal.
   --¡Ya llegaron! –gritó jubilosa una mujer.
   Con las cobijas bajo el brazo, bultos y bolsas atenazados con las manos morenas, duras y encallecidas, 40 campesinos empezaron a descender parsimoniosamente.
   Una mujer bajita, de vientre abultado, se avalanzó sobre un hombre recio, taciturno. No pudo contener la emoción.
   --Padre santo, si te tardes un día más me muero –y las lágrimas fluían sinceras por su rostro mulato.
   Querían saber todo de un solo golpe:
   --¿Cómo les fue? ¿Les daban de comer? ¿Faltan muchos por regresar? ¿Les pagaron? ¿Cuándo supieron que se trataba de mariguana? –eran algunas de las preguntas que, una tras otra, les formulaban.
   El hombre rodeó con el brazo el cuello de su esposa. Rodeado por sus hijos y algunos curiosos, sólo atinó a pronunciar una frase que encierra la experiencia del mes que pasó en el campamento de Ojinaga, Chihuahua:
   --Nos chingaron rete bonito –y empezó a caminar y a subir pendientes rumbo a su casa.
   Otilio Mellín dejó la bolsa de mandado en el suelo para abrazar y besar a su esposa y a sus hijos. Reía. Atrás quedaron el hambre, el frío, la angustia, el miedo.
   --Creíamos que te morías –le dijo su mujer.
   --¿Ustedes ya sabían dónde estaba y lo que había pasado? –preguntamos.
   --Sí. El jueves o viernes vimos en la televisión que muchos campesinos fueron engañados y obligados a sembrar mariguana en Chihuahua. Y nosotros sabíamos que él estaba en Chihuahua.
   Pero no todos fueron recibidos. Nereo Moreno y su hijo Julián Moreno Galeana, de 14 años, esperaron más de 15 minutos a un lado del autobús polvoso.
   Huérfano desde hace tres años, el chamaco volvía incesante sus negrísimos ojos en busca de sus tías y hermanos.
   Al filo de las 22 horas, Nereo tomó de la mano a su hijo y juntos empezaron a caminar por la cinta asfáltica.
   Julián se quitó una gorra, “recuerdo” de su aventura por Chihuahua, y la revoloteó en el aire en señal de despedida.
   Antes, había preguntado, serio, preocupado:
      --¿Y cuántos años de cárcel nos van a echar?
   Alguien, en broma, le dijo que 10.
   --Ah, entonces salgo de 24 años…
   Pronto la calle quedó desierta. Por rumbos distintos, vecinos, familiares y viajeros se ocultaron en sus casas.
   Sólo quedó un hombre recargado en un poste. No perdía de vista los vehículos que se acercaban al poblado.
   Permaneció más de una hora con la mirada perdida en la carretera. Cada vez era más tenue el transitar de vehículos.
   Cruzó la calle. Entró al restaurante y preguntó:
   --¿No saben si viene otro camión con gente que estuvo en Chihuahua?
   Nadie supo responder con precisión. Arrastraba una tristeza infinita.
   --Puede que más tarde llegue otro camión –le dijo alguien para reconfortarlo.
   “Espero a mi hijo –dijo--. Juntos estuvimos en Chihuahua. El se quedó todavía en el campo militar y yo vine en tren a la ciudad de México y luego a Guerrero. Llegué el miércoles.”
   Y reconstruye, mientras bebe una cerveza, la historia. Platica cómo se enteró de que pagarían 3 mil pesos diarios por pizcar manzana en ese estado. De los campamentos que eran auténticos campos de concentración.
   Hace énfasis en cómo los obligaron a abandonar el campamento, de las horas de camino por el desierto, donde los narcotraficantes los abandonaron a su suerte. Relata los cuatro días que se alimentaron con desperdicios, de tortillas echadas a perder; hasta que los descubrió una avioneta.
   Habla también del rescate, de su estancia en el campo militar, del viaje de regreso.
   El ruido del motor de un autobús que se acerca y continúa su camino interrumpe el relato. Y vuelve a preguntar:
   “¿Llegará mi hijo mañana?”(Publicado el 18 de noviembre).

                              Esto ya valió madre…

Camiones y camionetas con el motor encendido. Un individuo de lentes oscuros manotea, grita, maldice. Tipos que aprietan la metralleta bajo el brazo y abren los galerones donde descansan los campesinos.
   Tenemos que irnos; recojan sus cosas.
   Azoro entre los miles de hombres. Habían dormido dos horas, después de una jornada de trabajo extenuante. Pesadez en los párpados y dolor en las articulaciones.
   No podemos seguir aquí. Esto ya valió madre –decía el sujeto que tenía mucho cuidado de que nadie se le acercara por la espalda.
   Miles de hombres salieron de los campamentos por primera vez en casi 30 días. El frío de la madrugada se colaba por la gruesa cobija. Escoltados por los vehículos empezaron a caminar, sin rumbo definido, por el desierto de Chihuahua.
   Olegario Campos interrumpe el relato. Exhala aire. Mira por la ventanilla del autobús que está ya en tierra guerrerense. Rasga la bolsa que contiene las dos tortas que le entregaron, al igual que a sus compañeros, agentes federales.
   Agrega:
   --Caminamos cinco horas sin parar. No sabíamos qué había pasado ni a dónde nos llevaban. Nos decían que siguiéramos caminando, que no podíamos detenernos porque era peligroso.
   A las cinco o seis de la mañana, relatan los actores principales de la historia, cuando el azul del cielo empezaba a vislumbrarse a lo lejos, se detuvieron los vehículos. Los tripulantes bajaron los vidrios y gritaron:
   --Aquí pueden quedarse. No se muevan. Nosotros vamos a estar cerca; después regresamos por ustedes.
   Camiones y camionetas empezaron a circular lentamente hasta desaparecer por entre los pequeños montes del desierto.
   Miles de hombres, absortos, silenciosos, observaron durante varios minutos la huida de los narcotraficantes, ante la interrogante que, interiormente, se planteaban todos: ¿qué va a pasar ahora?
   Pronto, a las nueve de la mañana, tiraron las cobijas al piso. El calor empezaba a calar. También el hambre. Y la sed. Y la angustia, el miedo y la incertidumbre.
   --Si no hacemos algo pronto, nos vamos a morir –dijo alguien.
   --Necesitamos agua y comida –recordaron otros.
   Afloró entonces el instituto de conservación. Habría que regresar a los campamentos, por las pipas de agua y por alimento.
   Un grupo de voluntarios, entre los más jóvenes y decididos, desandaron el trecho de la madrugada y retornaron a los campamentos.
   --Estaban vacíos. No había nadie. Ni un alma, pues –recordó uno de los reclutados.
   Recogieron tortillas, carne almacenada en tinajas, latas de sardinas, papas, entre otros comestibles, echaron a andar las pipas, que tenían una buena dotación de agua, y regresaron con sus compañeros.
   Muchos se pararon –relata otro testigo-- y agitaron los sombreros cuando la comisión retornó con agua y alimentos, donde habían sido abandonados por los narcotraficantes.
   Se impuso el orden. Había que cuidar el agua y racionar los alimentos. “No sabemos cuántos días vamos a estar aquí”, se decía.
   El primer día, lunes, casi todos comieron y bebieron agua. El martes se agudizó la escasez. Un número importante apenas alcanzó algunas tortillas duras y sorbió un trago de líquido.
   El miércoles, cuentan, cundió la desesperación. Muchos empezaron a caminar sin rumbo fijo, con la esperanza de hallar un poblado cerca. Se plantaron en una carretera por donde no pasó ningún vehículo en días.
   Otros se extraviaron. Vagaron por el desierto durante horas. Los campesinos calculan que muchos murieron. Alguien mencionó la cifra de 80, pero la Procuraduría General de la República (PGR) reportó oficialmente cinco.
   Oliverio Salas narra que él, presa del hambre, tomó una tortilla dura, echada a perder, y la tostó con el potente sol del desierto. “Fue lo único que comí ese día”, dijo.
   Y empezaron los pleitos. Una lata de sardinas, una tortilla descompuesta o un vaso de agua fueron motivo de violentas pugnas entre los campesinos.
   Y el jueves, la desesperación: se habían agotado el agua y los desperdicios. Muchos lloraron, como reconoce un muchacho que viaja en la parte posterior del autobús. Empezaron a temer lo peor. “Creía que no regresaría vivo”, expone otro de los mariguaneros.
   Poco después del mediodía retornó la esperanza. Una avioneta cruzaba el espacio. Miles de brazos se alzaron, sacudieron cobijas y sombreros, y corearon un grito colectivo que se antojaba interminable.
   El piloto los vio. La nave descendió y giró por encima de las cabezas de miles de hombres que se regocijaban. Los gritos –según las remembranzas-- se entremezclaban con los aplausos y las lágrimas.
   --Nos salvamos –recuerda que gritó Nereo Moreno. Tres horas después llegó un helicóptero con comida. La mancha humana se aproximó y extendía las manos para alcanzar el bocado que se les había negado los días anteriores.
   Comieron, bebieron, descansaron y esperaron, ahora sí en convivencia fraternal, la llegada de los camiones que los condujeron a la zona militar de Chihuahua.
           
                                 El retorno
Los inspectores de Ferrocarriles Nacionales de México (Ferronales) rechazaron los argumentos de indigencia. Resueltos, sin consultar a sus superiores, ordenaron que 75 campesinos oaxaqueños abandonaran, en Aguascalientes, los furgones procedentes de Chihuahua, por “no cubrir el importe del pasaje”.
   Al llegar el tren a la ciudad de México, el jefe de auditores de Ferronales, Félix Sánchez, levantó un acta cuando comprobó que faltaban 75 campesinos, que debían ser trasladados por autobús a Oaxaca.
   Los campesinos que permanecieron acasillados en los campamentos de Chihuahua durante más de 30 días, fueron enviados por tren a sus lugares de origen.
   El grupo de Guerrero y Oaxaca, de los más reducidos, fue sacado de la zona militar de Chihuahua entre severas medidas de seguridad, y trasladado a la estación ferrocarrilera.
   Ahí permanecieron un mínimo de dos días. Fueron fotografiados e interrogados por personal de la PGR, pero ninguno aportó datos que condujeran a la identificación y captura de los llamados –en el argot policiaco-- “peces gordos” del narcotráfico.
   De regreso a casa se relajaron. Inclusive volvieron a reír y a cantar. En el trayecto a Aguascalientes contrataron a un acordeonista, también pasajero, para que les entonara melodías diversas.
   Creían que el pasaje estaba cubierto. Pero en Aguascalientes les exigieron el importe. Los campesinos de Guerrero, resueltos, se enfrentaron a los inspectores y rehusaron pagar.
   --Sólo muertos nos bajan –gritó uno de ellos.
   Pero los campesinos de Oaxaca, que viajaban en un furgón especial, se mostraron débiles, taciturnos. Argumentaban que carecían de dinero.
   --Entonces, bájense –ordenó el inspector.
   Y ellos obedecieron. Dócilmente descendieron del vagón y hasta el momento se ignora su paradero. Ni en la PGR ni en Ferronales ofrecieron una versión convincente.
   A México arribaron 227 guerrerenses el jueves 15 de noviembre a las 6:53 horas, e inmediatamente abordaron cinco autobuses de la línea México-Acapulco, rumbo a Chilpancingo.
   Dos autobuses, más reservados para los campesinos de Oaxaca, se regresaron vacíos.
   Recibieron dos tortas cada uno, de huevo con chile y jamón verdoso. Desde que partieron de Chihuahua, 40 horas atrás, no habían probado alimento.
   Taciturnos, serios, observaban los edificios y anchas avenidas de la ciudad de México. Muchos recordaron cuando trabajaban en el Metro o de albañiles.
    --Pagaban poco, pero sin broncas –recordó un muchacho.
   Se animaron cuando el autobús escoltado por una patrulla gris de la Policía Judicial Federal tomó velozmente la autopista México-Acapulco.
   --¡Por fin a casa, raza! –se escuchó.
   A las 10 de la mañana, cuando el autobús recorría ya suelo guerrerense, se volvieron a repartir tortas de huevo y de jamón, aparentemente echado a perder, y refrescos. En un santiamén se agotaron dos cajas por vehículo.
   El tema era el mismo: la aventura de Chihuahua, de cómo habían pensado hacerse de una buena cantidad de dinero y regresaban “dados al catre”.
   Un joven que viajaba en la última fila del camión le preguntó a su compañero de asiento:
   --¿De veras lloraste?
   Mantuvo los labios unidos. Apenas un movimiento de cabeza afirmativo como respuesta.
   En Chilpancingo fueron concentrados en el patio de las oficinas regionales de la PGR. Buscaban el abrigo del sol, en una mañana magnífica.
   --Párense, acomódense bien –gritó un agente federal cuando llegaron al inmueble un fotógrafo y cuatro mujeres que se identificaron como personal de la Secretaría de Gobernación.
   Uno a uno, por estricto orden alfabético, respondieron el cuestionario: nombre, lugar y fecha de nacimiento, estado civil, ocupación, religión, dialecto, escolaridad, domicilio particular.
   Después, recargados en la pared blanquísima, la fotografía. Y el acoso, la irritabilidad de un agente de frente estrecha, cabello excesivamente corto y la pistola acomodada en la cintura.
   --Levanta la cabeza… Quítate la gorra… No te rías…. Voltea para acá –les gritaba a los campesinos, que en ningún momento externaron inconformidad por la ficha.
   El fotógrafo de La Jornada, Fabrizio León Diez, fue obligado a desalojar el edificio de la PGR en Guerrero cuando tomó una placa en los momentos en que se fichaba a los campesinos.
   Invadieron luego la calle 5 de Mayo, en espera de los autobuses que los conducirían a El Durazno, San Angel, San Luis de la Loma y otros poblados de Guerrero.
   Algunos se desesperaron por la tardanza de los vehículos, especialmente los de El Durazno, y decidieron marcharse por su cuenta a sus casas. Incluso pensaron rentar un taxi que pagarían al llegar.
   A las 15 horas, aproximadamente, llegaron dos autobuses a la PGR. En uno se acomodaron los que vivían más cerca y el segundo partió a San Luis de la Loma, con 37 pasajeros.
   Ya entrada la noche, el vehículo cruzó el puerto de Acapulco, donde paró apenas unos minutos y siguió su camino por Coyuya, San Jerónimo y Tecpan de Galeana hasta llegar a San Luis de la Loma.
   La emoción embargó a la mayoría cuando reconocieron la sierra, el paisaje, las casas, la tienda, el hotel, los amigos, los familiares.
   Aún el camión en movimiento, se levantaron, recogieron sus pertenencias y buscaban la puerta del autobús.
   Y al bajar, las lágrimas, los abrazos, los besos, las preguntas y la brisa nocturna de la Costa Grande de Guerrero.
   --¿Y ahora qué piensa hacer?
   --¿Que qué pienso hacer? Chingarle, mañana mismo, no hay de otra. Pero no vuelvo a caer en la trampa. Nadie vuelve a verme la cara de pendejo –y el hombre rudo, fuerte, se encaminó, con pasos largos, decididos, al encuentro de los suyos.

                                      Un largo regreso sin ilusiones

Eran más de 6 mil campesinos reclutados por la mafia del narcotráfico con el señuelo de que trabajarían en la pizca de la nuez y la manzana por 3 mil pesos diarios.
   Campesinos empobrecidos de Durango, Sinaloa, Guerrero, Sonora, Oaxaca y Zacatecas que partieron a Chihuahua ilusionados por ganarse unos pesos.
   Pero pronto desapareció el espejismo. Fueron prácticamente recluidos en modernas especies de campos de concentración y obligados a cosechar y empaquetar cientos de toneladas de mariguana.
   Pasaron hambre y frío. Sufrieron amenazas, golpes y el peligro de morir en el desierto chihuahuense.

          Campesinos siglo XX: Necesidad, trabajo, abandono y tetorno

Narcotráfico: el discreto sigilo de la explotación
Llegó sigiloso en una camioneta Bronco café. Alto, fornido, bigote claro, abultado, lentes oscuros. Recorrió la zona y abordó, primero, a Pedro Hernández.
   --¿Quieres ir a la pizca de manzana y nuez en Chihuahua? –le dijo.
   --Depende…
   --Pagamos 3 mil pesos diarios –puso énfasis en sus palabras.
   El campesino externó azoro. Clavó los ojos color miel en el desconocido.
   --Por 3 mil pesos diarios –respondió ágil, rápido, sin meditar-- soy capaz de ir al mismito infierno.
   El tipo sonrió satisfecho. Le dio una palmada en el hombro al campesino.
   --Junta todos los compañeros que puedas. Diles que salimos el próximo martes en la noche.
   La noticia se esparció velozmente por el poblado de 10 mil habitantes. Todos, sin excepción, se entusiasmaron. Incluso hacían planes y cuentas: en dos meses de trabajo podrían regresar hasta con 200 mil pesos cada uno.
   Algunos, como Nereo Moreno, se llevaron a uno o varios hijos o parientes cercanos para formar un pequeño capital familiar.
   Otros, como Arnulfo Barrientos, pensaban invertir el dinero de la “pizca de la manzana” en un pequeño negocio; o ampliar la vivienda que habita, aquí, con su esposa y tres hijos.
   El ofrecimiento del desconocido atrajo a más de 200 campesinos de San Luis de la Loma, Guerrero, pues, según relataron, el ciclón que azotó esta región en septiembre acabó con los sembradíos de maíz y con la producción de coco.
   --La lluvia todo lo arrastró. Durante una semana llovió sin cesar. Yo traté de proteger mi parcela, pero fue inútil –señala Barrientos.
   Otro campesino, joven, alto, fuerte, relató que él emigró a Lázaro Cárdenas, Michoacán, con la esperanza de hallar un empleo fijo y bien remunerado.
   --Encontré trabajo de carpintero, pero regresé a San Luis de la Loma cuando una de mis hermanas me dijo que ofrecían 3 mil pesos diarios por ir a Chihuahua a la pizca.
   Efectivamente, dos individuos se presentaron en este lugar el martes 8 de octubre: hombres, mujeres y niños despidieron a los campesinos, que, ilusionados, viajaron primero a Lázaro Cárdenas, Michoacán. Después siguieron a Guadalajara y finalmente Chihuahua, adonde arribaron el 11 de octubre en la noche.
   También en la ciudad de México se reclutó personal. Por ejemplo, el Comisario Ejidal de El Durazno, Guerrero, Marcelo Salas, deambulaba por la Central Camionera del Sur cuando un desconocido lo abordó.
   --¿Quieres trabajar? –le dijo.
   Marcelo se alegró. Abrigó fundadas esperanzas y pensó que ahora sí mejoraría su suerte. Tenía ya más de una semana en la capital del país sin hallar trabajo.
   --Cuando el tipo me dijo que el trabajo era en Chihuahua, pensé rajarme. Yo no conocía para allá. Tampoco tuve desconfianza, pero no me gustaba la idea de separarme por mucho tiempo de mi familia. Y uno de pobre –cuenta-- tiene que entrarle a todo…
   También los reclutadores recorrieron las obras de ampliación del Metro. Decenas de hombres dejaron el trabajo rudo y mal pagado de las excavaciones para ir a la aventura de los 3 mil pesos diarios.
   Además se contrató personal en Sinaloa, Oaxaca, Zacatecas, Chihuahua, Sonora y Durango. Fueron más de 6 mil hombres, según cálculos conservadores, que partieron con la ilusión de “ahorrar un dinero que tanta falta les hace”.
   Al arribar a Chihuahua –según los testimonios-- los recibieron varios sujetos. Nunca eran los mismos. Siempre procuraban no dar la cara más de una o dos veces. Además, tuvieron sumo cuidado de que los trabajadores llegaran en la noche.
   El Comisario Ejidal de El Durazno, Guerrero, relató que apenas pisaban suelo chihuahuense eran subidos a unos camiones de carga cubiertos por una pesada lona.
   --No querían que viéramos adónde nos llevaban ni que la gente se diera cuenta que transportaban personas, dijo.
   Un anciano delgadísimo, de guayabera verde, que tose constantemente y padece fiebre, se suma, con dificultad, a la plática.
   --Nos llevaban como reses. Subieron hasta 80 en cada camión torton…
   Un acceso de tos le impide seguir. El rostro enrojecido se confunde con el paliacate que lleva en la cabeza.
   Los camiones de carga partían de la Central de Autobuses de Chihuahua. Pronto quedaban atrás las luces de la ciudad, y los vehículos, ordenados, circulaban por brechas polvorientas y zigzagueantes.
   --Íbamos todos amontonados, de pie. Nadie podía sentarse. Yo llevaba encima a un muchacho de 14 años, que no hablaba ni se quejaba –dice uno de ellos.
   Fueron muchas horas de transitar ininterrumpido, de vaivenes inacabables. La arena del desierto se colaba por las rendijas y cubría literalmente a los campesinos.
   Empezaron a llegar a los campamentos de madrugada. Penetraban por una puerta de madera y se estacionaban cerca de unos galerones gigantescos.
   Cientos de hombres, entumidos y semicongelados, empezaron a descender lentamente. Varios sujetos armados les indicaban el camino.
   Uno de ellos ordenó:
   --Descansen. Temprano hay que trabajar duro.
   Se tendieron sobre la arena. A un lado, las bolsas, los morrales, con sus escasas pertenencias. Pronto se quedaron dormidos. Habían viajado 40 horas seguidas.
   Temprano, cuando apenas el sol empezaba a brillar, fueron despertados. Tipos armados, a gritos, les ordenaron levantarse y ponerse a trabajar.
   Nicolás Longares reconstruye la escena: Abandonaron los galerones y “me di cuenta que era mariguana”.
   --¿Vamos a trabajar en eso?, preguntó mientras su rostro se transfiguraba por la sorpresa.
   --Sí. Pero no se preocupen. Ya todo está arreglado con el gobierno…
                  
                                  El trabajo
  
El estrépito de la planta de luz, siempre puntual, despertaba diariamente en la madrugada a los casi 6 mil campesinos congregados en los campamentos del desierto de Chihuahua, reservados al cultivo de mariguana en gran escala.
   Los reflectores alumbraban nítidamente las matas verdes y varios hombres que portaban armas automáticas abrían los portones de los enormes galerones.
   --Órale, levántense –gritaban--. Ya es hora, todos a trabajar.
   La masa humana se revolvía en los improvisados lechos. Estiraban brazos y piernas y empezaban a levantarse trabajosamente. La fina arena incrustada en la ropa sudorosa, manchada.
   --Vamos, rápido –gritaban otra vez los tipos que no se separaban un solo momento de las metralletas israelíes.
   Sobre la marcha se ponían los sombreros de palma y se abrochaban las cintas de los zapatos. A las cuatro de la madrugada empezaba, invariablemente, la jornada.
   Recargados en autos y fachadas, sentados en la banqueta o de pie a lo largo de la calle 5 de Mayo de la capital guerrerense, decenas de campesinos recrean, ya sin la presión de los primeros días, la experiencia vivida en los campos de concentración organizados por la mafia.
   Estaban sujetos a una bien organizada división del trabajo. Los más jóvenes y fuertes se encargaban, con tijeras entregadas por los vigilantes, de deshojar las matas y concentrar la semilla de la mariguana.
   Otros, principalmente los niños, hombres maduros y hasta ancianos empaquetaban la droga que no debía, por ningún motivo, sobrepasar los 10 kilos de peso.
   Un grupo también numeroso recibió la encomienda de cargar los bultos y acomodarlos con cuidado, sin que se rompieran, en decenas de camiones de carga que luego partían con rumbo desconocido.
   En cada campamento se improvisaron con tablones rústicos los comedores, y se escogía a un grupo compacto para preparar los alimentos.
   Nereo Moreno acaricia el cabello de su hijo Julián, de 14 años. Ellos, junto con otros compañeros, se encargaron de preparar y distribuir la comida durante los 29 días que permanecieron en el campamento chihuahuense.
   --Se mataban cuatro reses diarias, que no alcanzaban para tanta gente --dijo.
   Tiene la barba muy crecida, los ojos hundidos y el pelo casi tieso por la falta de agua y jabón. No se ha bañado, al igual que los demás reclutados, en varios días.
   --A veces ni nosotros alcanzábamos comida. Si comíamos primero nos echábamos de enemigos a los demás --agrega.
   Cientos de ellos, repetidamente, se conformaban con tres tortillas, una cucharada de frijoles y el agua que transportaban los mafiosos en pipas.
   A las nueve de la mañana, cuando el sol del desierto empezaba a quemar, interrumpían el trabajo para desayunar. No más de media hora y siempre bajo el asedio de los guardianes que gritaban constantemente: “¡Apúrense!, hay que trabajar”.
   La jornada continuaba sin cesar hasta las 22 horas. Deshojar matas, almacenar la semilla, empaquetar la hierba y subirla a los vehículos era la tarea que se repetía febrilmente.
   El sol caía a plomo, según los testimonios. En derredor sólo pequeños matorrales que impedían protegerse del calor.
   Muchos de ellos, especialmente los sinaloenses, fumaban mariguana, ante el enojo de los guardianes.
   --Fúmenla después del trabajo –insistían.
   La respuesta pretendía ser convincente: “Sólo así podemos aguantar la chinga”.
   Nereo Moreno relata que uno de sus compañeros se recargó en el poste de la alambrada. Se negaba a trabajar. Quería que le pagaran lo convenido. Además, “yo no jalo en esto”, decía.
   El guardia bajó el arma y se acercó. Le insistió en que trabajara. “No busques problemas”, le dijo.
   --Yo no trabajo en esto –insistió resuelto.
   De rápido movimiento, con el filo de la metralleta, el guardián golpeó en el vientre al trabajador reticente, que se dobló y externó un quejido agudo chillante.
   --¿Qué pasó? ¿Vas a trabajar, sí o no? –preguntó, mientras le apuntaba con el arma.
   El hombre se levantó trabajosamente. Miró largamente al vigilante, masculló algo, según el testigo, y dio media vuelta rumbo al enjambre de matas ya maduras, listas para cortarse.
   Cientos de hombres, recuerda Nereo, observaron en silencio la escena. Algunos intercambiaron miradas. Sabían que tenían que seguir con esa actividad, pues de lo contrario “estábamos seguros de que serían capaces de matarnos”.
   Muchos pensaron huir. Contaban los planes sólo a los compañeros de confianza, a los del mismo lugar de origen. Pero desistían cuando veían las alambradas siempre custodiadas por hombres armados: “tenían armas que yo nunca había visto y a lo mejor usted tampoco”. Además, desparramaban la vista y sólo veían matorrales, arena…
   A las 22 horas se apagaba la planta de luz y las voces se extendían por los campamentos.
   --Ya estuvo suave por hoy, váyanse a dormir.
   Miles de hombres caminaban hacia los galerones. Hambrientos, sudorosos, desengañados e infinitamente cansados, avanzaban en silencio.
   Cruzaban el portón del galerón y tendían el cartón sobre el piso, en espera de que el ruido de la planta de luz y los gritos de los celadores los retornaran, sin esperanza, a la cosecha de mariguana. (Publicado el 23 de noviembre de 1984).CVV.